La mejor de las proteínas: las Vegetales.
Dr. Acevedo • 23 de octubre de 2021

Uno de las conversaciones más típicas entre grupos de personas, veganas y no veganas, es lo controversial sobre las fuentes de proteínas vegetales. Muchos por desconocimiento creen que las personas veganas nunca podrían construir músculo por ejemplo como deportista o en programas de hipertrofia muscular. Recuerdo que ya hace algunos años uno de mis entrenadores del gimnasio, al ver que me cuesta trabajo subir de peso (que se debe a otras razones de índole metabólico) con un tono un poco de sabidillo me dijo que el programa de entreno no me funcionaba para conseguir mis objetivos debido a que yo no consumo proteínas de origen animal; pues fue tal mi estupefacción que me quede sin palabras… En fin, entre otras clases de preguntas que me suelen hacer es de donde saco las proteínas si no como ningún animal. Vaya por dios! Pues bien con paciencia y sabiendo que no todo el mundo está puesto en la materia pues es importante quizás dar alguna pequeña explicación al respecto y sobre todo siendo eso sí compasivos… y más paciencia.
Tenemos infinidad de fuentes vegetales de origen vegetal, quizás más que los típicos animales mal usados (y maltratados) para el consumo humano.
Aquí os dejo una pequeña lista:
1. SEMILLAS Y FRUTOS SECOS
Las pipas de calabaza, girasol, sésamo, las nueces, anacardos, almendra, entre otros, todos estos alimentos son muy ricas en proteínas y ciertos minerales. Ósea hay para todos los gustos.
Por ejemplo más o menos 40 gramos de semillas / frutos secos nos aportan entre 8-9 gr. de proteína.
2. LEGUMBRES (las ricas lentejas)
Las legumbres son una magnífica fuente de proteína, carbohidratos complejos y fibra. Las lentejas son fuente de almidones y en aminoácidos vegetales. El resto de legumbres (soja, garbanzos, guisantes, alubias, azuki) tienen unas características semejantes.
Una taza normal de lentejas cocinadas tiene unos 18 g de proteína.
3. LA QUINOA es uno de mis pseudocereales favoritos (técnicamente es una semilla) y además es libre de gluten. Nos aporta carbohidratos complejos a la vez que proteína y fibra.
Unos 90 gramos de quinua hervida nos aportan 8 g de proteína.
4. La saludable ESPIRULINA
Esta microalga de color verde-azul es una de las pocas fuentes veganas que en su mayoría (y en seco) es proteína (60-70%). Dos cucharadas de espirulina tienen 8 gramos de proteína.
5. SEMILLAS DE CÁÑAMO
No solo nos aportan TODOS los aminoácidos esenciales para tener una proteína completa, sino que además son muy ricas en ácidos grasos omega 3.
Tres cucharadas de semillas de cáñamo contienen 10 g de proteína.
6. SEMILLAS DE CHÍA
Han sido usadas durante muchos siglos por las tribus indígenas de América del sur. Tienen la capacidad de absorber agua y aumentar hasta 9 veces su tamaño. Esta propiedad la hace muy útil para espesar platos a la vez que aportamos una gran cantidad de fibra, PROTEÍNA COMPLETA y grasas saludables. Dos cucharadas nos aportan 4 gramos de proteína.
7. LEVADURA NUTRICIONAL
Es un alimento muy frecuente en la alimentación vegana por su sabor más o menos parecido al queso. Tiene cantidades de vitaminas del grupo B y proteína. No contiene levaduras activas. Las podemos conseguir en polvo o copos y cuando se mezcla con líquidos se crea una pasta que nos puede servir para preparar salsas cremosas libre de lácteos. Tres cucharadas de levadura nutricional nos aportan 12 gramos de proteína.
8. TEMPEH ORGÁNICO
Un alimento fermentado ideal, procedente de la soja que nos aporta proteína completa de alta calidad, además también nos aporta fibra y ácidos grasos poliinsaturados. De entre todos los derivados de la soja este es el más saludable ya que nos aporta PROBIÓTICOS derivados de la propia fermentación de las habas de soja. Y nos ayuda a regular nuestra microbiota. Cien gramos de tempeh nos aportan 19 g de proteína.
9. VEGETALES DE HOJA VERDE Y SETA
Estos nos aportan más nutrientes que cualquier otro alimento en nuestra alimentación vegana. Contienen aminoácidos de alta calidad y fáciles de asimilar (los suficientes como para construir la musculatura de unos de los animales más fuertes del planeta: de nuestro primo el gorila, herbívoro (podríamos decir Vegano 100%). Cien gramos de vegetales de hoja verde nos aportan 2-5 gramos de proteína.
10. TRIGO SARRACENO
Otro de mis cereales (pero no es un cereal) favoritos, es súper completo. Su proteína es completa y de alto valor biológico: no contiene gluten, es muy rico en fibra, tiene propiedades antiinflamatorias y antibacterianas, es muy rico en vitaminas y minerales. ¿Qué más se le puede pedir? Cien gramos de trigo sarraceno nos aportan 13 gramos de proteína completa.

Después de la intensidad de las fiestas, llega un momento de pausa natural: el cierre de ciclo. El 26 de diciembre es ideal para detenerse, mirar atrás con gratitud y preparar el cuerpo y la mente para un nuevo comienzo. La biología humana necesita estos espacios de transición. Según el Journal of Psychosomatic Research (2024), los periodos de reflexión consciente reducen los marcadores de estrés oxidativo y mejoran la resiliencia emocional. La medicina integrativa sugiere rituales sencillos de regeneración física y mental: descanso profundo, alimentación depurativa, silencio digital y práctica de gratitud. A nivel fisiológico, disminuir el estímulo constante permite que el sistema nervioso parasimpático restaure su equilibrio. Una breve desintoxicación de alcohol, azúcar y pantallas durante tres días puede reducir la inflamación sistémica en más de un 20%. Además, escribir objetivos desde la calma activa redes neuronales asociadas a la motivación y la coherencia (Universidad de Stanford, 2023). Cuidar la transición entre años es una forma de honrar los ritmos naturales del cuerpo y de la vida. Regenerarse es tan importante como avanzar: sin pausa, no hay energía sostenida. Claves prácticas Duerme más y desconéctate del ruido externo. Elige alimentos frescos, verdes y ligeros. Dedica tiempo a escribir tus intenciones del nuevo ciclo. Practica la respiración profunda o la meditación al despertar. Todo cierre contiene una semilla de renovación. Si el año que termina fue aprendizaje, el nuevo será expansión. Empieza el 2026 con gratitud, coherencia y un cuerpo listo para florecer.

La salud es un derecho humano fundamental. Sin embargo, millones de personas aún carecen de acceso a una atención médica de calidad. Este día nos invita a reflexionar sobre la importancia de un sistema de salud accesible, preventivo y verdaderamente integrativo, donde cuerpo, mente y entorno se aborden de manera conjunta. Según la OMS (2024), cerca del 30% de la población mundial no tiene cobertura sanitaria adecuada. Pero más allá de los recursos, el reto es cómo concebimos la salud. La medicina integrativa propone un cambio de paradigma: pasar del tratamiento de la enfermedad a la promoción del bienestar y la prevención activa. Estudios del BMJ Global Health (2023) demuestran que los programas de salud basados en la educación nutricional, actividad física, mindfulness y medicina natural reducen la carga de enfermedades crónicas hasta un 40%. La cobertura sanitaria universal debe incluir no solo acceso a hospitales, sino también a herramientas de autocuidado, alimentación saludable, gestión del estrés y medicina basada en evidencia científica y ancestral. En países donde se han integrado terapias complementarias —como acupuntura, meditación o fitoterapia clínica— dentro del sistema público (por ejemplo, en Suiza y Japón), se han observado mejoras en la calidad de vida y una reducción significativa del gasto sanitario. Garantizar una salud accesible e integrativa no es una utopía, sino una necesidad global. La verdadera universalidad comienza cuando cada ser humano tiene los recursos y la educación necesarios para cuidarse y comprender su propio cuerpo. Claves prácticas Promueve la educación en salud en tu entorno. Apoya iniciativas que fomenten la medicina preventiva. Cuida tu salud como un acto de responsabilidad social. Participa en proyectos de bienestar comunitario. La salud universal empieza en casa, con cada decisión diaria que tomamos. Cuando un individuo sana, contribuye a la salud de toda la humanidad.

El altruismo es una fuerza silenciosa que transforma tanto a quien da como a quien recibe. En este Día Internacional de los Voluntarios, la ciencia confirma algo que las tradiciones sabias ya intuían: ayudar a otros mejora nuestra salud física, mental y espiritual. La medicina integrativa lo entiende como un pilar de bienestar: el compromiso con los demás no solo genera sentido vital, sino que actúa como un modulador fisiológico de la salud. Diversas investigaciones muestran que las personas con hábitos altruistas presentan niveles más bajos de cortisol, menor inflamación sistémica y una mayor longevidad. Un estudio longitudinal de la Universidad de Harvard (2023) evidenció que quienes participan regularmente en actividades de voluntariado presentan un riesgo un 44% menor de depresión y una mejora en la función inmunológica. A nivel biológico, el altruismo activa los circuitos dopaminérgicos del placer y la conexión social, elevando endorfinas y oxitocina, las mismas hormonas que fortalecen el sistema inmunitario. Desde la medicina integrativa, el voluntariado se considera una forma de coherencia emocional y energética. Conectar con otros desde el servicio desinteresado fortalece la salud cardiovascular, reduce el estrés y promueve estados de meditación activa. Incluso estudios de neuroimagen (Nature Human Behaviour, 2024) demuestran que los actos compasivos activan la corteza prefrontal medial, asociada con el equilibrio emocional y la regulación del sistema nervioso autónomo. El altruismo no es solo un valor social, sino una práctica terapéutica. En un mundo cada vez más individualista, dar tiempo, atención o cuidado a los demás se convierte en un acto profundamente sanador. Claves prácticas Dedica al menos una hora semanal a una actividad solidaria. Practica la escucha activa y la empatía cotidiana. Realiza respiraciones conscientes antes y después de cada encuentro con otros. Integra la gratitud como hábito diario. Servir con el corazón es una medicina que no tiene contraindicaciones. Cada gesto altruista reequilibra el cuerpo, calma la mente y recuerda que sanar también es compartir.

Diciembre marca una transición profunda: los días se acortan, la luz solar disminuye y la energía colectiva se acelera hacia el cierre del año. En esta etapa, muchas personas experimentan cambios en el estado de ánimo, alteraciones del sueño o una sensación de agotamiento emocional. La medicina actual reconoce este fenómeno como parte del trastorno afectivo estacional (TAE), vinculado a la reducción de la exposición solar y a fluctuaciones en neurotransmisores como la serotonina y la melatonina. Sin embargo, la medicina integrativa nos invita a ver este momento no solo como un desafío, sino también como una oportunidad para reconectar con el equilibrio interno antes de la intensidad navideña. Diversos estudios han demostrado que la falta de luz natural afecta la regulación del reloj biológico y la producción de serotonina. Un metaanálisis publicado en The Lancet Psychiatry (2024) confirmó que las personas expuestas a menos de una hora de luz natural diaria presentaban un 35% más de riesgo de síntomas depresivos durante el invierno. La melatonina, hormona clave en el ciclo sueño-vigilia, también se ve alterada, generando insomnio, fatiga y ansiedad. En este contexto, el bienestar emocional depende de una sincronización adecuada entre cuerpo, mente y entorno. La medicina integrativa propone estrategias simples pero potentes: Luminoterapia, que simula la luz solar y mejora los niveles de serotonina y dopamina. Ejercicio regular, especialmente por la mañana, que favorece la oxigenación cerebral y la liberación de endorfinas. Alimentación rica en triptófano, magnesio y ácidos grasos omega-3, nutrientes esenciales para la síntesis de neurotransmisores. A nivel psicológico, diciembre también trae una carga emocional importante. La nostalgia, el balance del año o las expectativas sociales pueden despertar estrés o soledad. Un estudio de la American Psychological Association (2023) encontró que el 44% de las personas siente mayor ansiedad en la época previa a la Navidad, aunque muchas lo disimulan bajo la “alegría festiva”. Por ello, es esencial incorporar espacios de quietud, conexión emocional y autocuidado consciente, elementos que restablecen el equilibrio neuroendocrino y fortalecen la resiliencia. El bienestar emocional no se trata de evitar las emociones, sino de acompañarlas con presencia y comprensión. El cambio estacional es también un recordatorio de la naturaleza cíclica de la vida: descansar, soltar y prepararse para un nuevo comienzo. La serenidad interior surge cuando aceptamos el ritmo del invierno y nos permitimos bajar el propio. Claves prácticas Busca exposición solar diaria o utiliza luz natural artificial (lámparas de espectro completo). Realiza caminatas matinales o ejercicio suave. Reduce estimulantes (café, alcohol) y prioriza alimentos ricos en omega-3 y triptófano (semillas, nueces, legumbres). Practica gratitud consciente y respira profundamente unos minutos al día. Dedica tiempo al descanso y evita la sobrecarga social. El invierno nos invita a mirar hacia dentro. Cuando todo parece ir más despacio, la calma se convierte en una medicina. Cuidar la mente en esta época no es un lujo, es un acto de amor propio: la forma más sencilla de prepararnos para vivir unas fiestas desde el equilibrio, no desde el agotamiento.

A menudo asociamos el envejecimiento con el paso del tiempo, pero la ciencia moderna revela algo más profundo: envejecer es, en gran parte, una cuestión energética. Y la energía celular depende de las mitocondrias, pequeños orgánulos que funcionan como centrales eléctricas dentro de cada célula. Cuando las mitocondrias pierden eficiencia, no solo disminuye nuestra vitalidad; también se acelera la aparición de enfermedades degenerativas, fatiga crónica, pérdida muscular y deterioro cognitivo. Comprender cómo mantenerlas activas es una de las claves más poderosas de la medicina integrativa moderna. Cada célula humana contiene cientos o miles de mitocondrias, cuya función principal es producir ATP (adenosín trifosfato), el combustible de la vida. Pero este proceso no es neutro: genera radicales libres que, si no se neutralizan adecuadamente, dañan el ADN mitocondrial. La evidencia reciente, como el metaanálisis de Nature Aging (2024), confirma que el deterioro mitocondrial está directamente relacionado con la inflamación crónica, la resistencia a la insulina y el declive cognitivo. De hecho, investigadores del Instituto Buck para la Investigación del Envejecimiento han demostrado que restaurar la biogénesis mitocondrial puede revertir varios marcadores del envejecimiento biológico en modelos animales. En medicina integrativa, se abordan las mitocondrias desde un enfoque holístico: nutrición, oxigenación, gestión del estrés y ritmo circadiano. Nutrientes como el magnesio, el coenzima Q10, la L-carnitina, el ácido alfa-lipoico y el resveratrol estimulan la función mitocondrial. Además, el ayuno intermitente, la exposición a temperaturas extremas (sauna o duchas frías) y el ejercicio de resistencia inducen la mitofagia, un proceso que elimina las mitocondrias dañadas para dar paso a nuevas y más eficientes. También se sabe que el exceso de estrés emocional eleva el cortisol y afecta directamente la función mitocondrial. Estudios de la Universidad de Stanford (2023) mostraron que la meditación diaria y las prácticas de respiración consciente reducen el daño oxidativo y mejoran la expresión de genes asociados con la longevidad celular. El envejecimiento saludable no depende solo de los genes, sino de cómo tratamos a nuestras mitocondrias. Cada decisión diaria —desde lo que comemos hasta cómo dormimos o respiramos— puede activar o apagar los mecanismos que preservan nuestra energía vital. Cuidar las mitocondrias no es un concepto futurista; es una estrategia profundamente humana para vivir más tiempo y con mejor calidad. Claves prácticas Prioriza una alimentación rica en grasas saludables (aguacate, aceite de oliva, frutos secos) y baja en azúcares. Practica ayuno intermitente 1 o 2 veces por semana para estimular la mitofagia. Realiza ejercicio físico regular, alternando fuerza y cardio moderado. Duerme de 7 a 8 horas con un horario constante. Evita el estrés prolongado mediante meditación, respiración o mindfulness. Cada respiración alimenta nuestras mitocondrias. En el silencio de esas pequeñas fábricas de vida se decide cómo envejecemos. El verdadero antídoto contra el paso del tiempo no está en los años que vivimos, sino en la energía que somos capaces de mantener encendida dentro de nosotros.

La inflamación es una respuesta natural del cuerpo destinada a protegernos. Pero cuando se mantiene activa de manera silenciosa y persistente, se convierte en una de las principales causas de enfermedades crónicas. A este fenómeno se le conoce como inflamación de bajo grado o inflamación crónica sistémica, y está implicada en patologías tan diversas como la diabetes, la obesidad, la depresión o incluso el cáncer. Lo más preocupante es que puede avanzar sin síntomas evidentes durante años, afectando poco a poco a nuestros órganos y tejidos. La medicina actual reconoce que esta inflamación sutil surge por una combinación de estrés oxidativo, disbiosis intestinal, exceso de glucosa, sedentarismo y exposición constante a contaminantes ambientales. Cuando estos factores persisten, el sistema inmunitario libera pequeñas cantidades de citoquinas inflamatorias (como IL-6, TNF-α o CRP) que, a largo plazo, dañan las células y aceleran el envejecimiento. Un estudio longitudinal de la Universidad de Harvard (2023) mostró que personas con niveles moderadamente elevados de proteína C reactiva presentaban un riesgo un 68% mayor de desarrollar enfermedades cardiovasculares en la siguiente década. Otros estudios (López-García et al., Nature Medicine, 2024) confirman que la inflamación de bajo grado reduce la sensibilidad a la insulina y altera la función mitocondrial, generando un círculo vicioso entre metabolismo, energía y estado emocional. La buena noticia es que este proceso puede revertirse al modificar los hábitos que lo originan. Las investigaciones más recientes apuntan a que una alimentación antiinflamatoria basada en plantas, omega-3, ayuno intermitente, ejercicio aeróbico y meditación regular disminuye marcadores inflamatorios en cuestión de semanas. Incluso se ha observado que el sueño profundo regula la producción de interleucinas proinflamatorias y mejora la reparación celular. Combatir la inflamación crónica no significa eliminarla, sino devolverla a su equilibrio fisiológico. No se trata de tomar antiinflamatorios, sino de crear un entorno interno que promueva la reparación y la armonía celular. Esto implica tanto nutrición consciente como gestión emocional y descanso adecuado. Nuestro cuerpo está diseñado para sanar; solo necesita que dejemos de obstaculizar sus mecanismos naturales de regeneración. Claves prácticas Elimina de tu dieta los azúcares refinados, grasas trans y harinas ultraprocesadas. Prioriza alimentos ricos en antioxidantes: frutos rojos, té verde, cúrcuma, jengibre y aceite de oliva virgen extra. Integra ayunos cortos o periodos de restricción calórica controlada. Practica actividad física moderada al menos 30 minutos diarios. Dedica tiempo al descanso, la respiración consciente y la gratitud diaria. La inflamación crónica es como un fuego lento que consume sin hacer ruido. La verdadera medicina consiste en apagar ese fuego desde la raíz, no solo con fármacos, sino con decisiones cotidianas que devuelvan coherencia a la vida. Cuidar lo que comes, piensas y sientes es el acto más poderoso de prevención que existe.

Tu segundo cerebro: cómo cuidar la microbiota fortalece tus defensas El otoño marca el inicio de una etapa en la que nuestro sistema inmunitario se enfrenta a mayores desafíos. Resfriados, gripe y cansancio son señales de que el cuerpo necesita apoyo. La ciencia moderna confirma lo que la medicina integrativa lleva tiempo observando: la clave de una inmunidad fuerte está en el intestino. En él habitan más de 100 billones de microorganismos que forman la microbiota intestinal, considerada hoy nuestro “segundo cerebro”. Su equilibrio determina no solo nuestra salud digestiva, sino también nuestro estado de ánimo, energía y capacidad de defensa. El 70 % de las células inmunitarias residen en el intestino. Este órgano, lejos de ser un simple tubo digestivo, actúa como un centro de inteligencia biológica que comunica constantemente con el cerebro a través del eje intestino-cerebro-inmunidad. Estudios publicados en Nature Immunology (2024) demuestran que una microbiota diversa y estable modula la respuesta inmune, reduciendo la inflamación sistémica y mejorando la tolerancia frente a infecciones y alergias. Los desequilibrios intestinales (disbiosis), causados por dietas ultraprocesadas, estrés crónico o antibióticos, alteran esta armonía y predisponen a enfermedades autoinmunes, metabólicas y emocionales. La medicina integrativa aborda este eje de forma global: alimentación, fitoterapia, probióticos y gestión del estrés son pilares complementarios para restaurar el equilibrio. Alimentos fermentados como el kéfir, el chucrut o el miso aportan microorganismos beneficiosos que refuerzan la diversidad bacteriana. Los prebióticos —fibras naturales de alimentos como la cebolla, el ajo o el plátano verde— sirven de alimento a las bacterias buenas. La nutrición antiinflamatoria, rica en omega-3, polifenoles y antioxidantes, favorece la regeneración de la mucosa intestinal y la producción de metabolitos protectores, como el butirato, esencial para una inmunidad equilibrada. Asimismo, el estado emocional influye en el intestino. Un estudio de Psychoneuroendocrinology (2024) evidenció que la práctica de mindfulness y la respiración consciente reducen el estrés intestinal, mejoran la digestión y equilibran la microbiota en pocas semanas. El intestino, al fin y al cabo, no solo digiere alimentos, sino también emociones. Cuidar la microbiota es cuidar la raíz de nuestra vitalidad. No se trata de tomar suplementos al azar, sino de crear un entorno interno que favorezca la vida en todas sus formas. La medicina integrativa nos enseña que fortalecer el sistema inmune empieza cultivando un ecosistema interior armónico, donde bacterias, células y pensamientos cooperan en equilibrio. Claves prácticas Prioriza alimentos fermentados y ricos en fibra natural. Evita antibióticos innecesarios y ultraprocesados. Practica mindfulness o respiración diaria para reducir el estrés intestinal. Duerme al menos 7 horas por noche: el descanso regenera la microbiota. Mantén contacto con la naturaleza; su biodiversidad también fortalece la tuya. Tu salud es un reflejo de la vida que habita en ti. Cuando alimentas con conciencia a tu microbiota, estás fortaleciendo no solo tu sistema inmunitario, sino también tu conexión con la naturaleza de la que formas parte.

Nutrición integrativa: cuando comer se convierte en medicina La alimentación es uno de los pilares más poderosos para preservar la salud y prevenir enfermedades. Cada 24 de octubre, el Día Mundial de la Alimentación nos recuerda que comer no es solo un acto biológico, sino también emocional, social y espiritual. En un mundo donde abundan los alimentos ultraprocesados y los ritmos acelerados, recuperar una relación consciente con la comida se ha vuelto una forma de medicina. La nutrición integrativa propone una visión que va más allá de las calorías o los macronutrientes: busca comprender cómo cada alimento dialoga con nuestras células, hormonas, emociones y energía vital. Diversos estudios científicos confirman que la alimentación tiene un impacto directo sobre la inflamación, la microbiota intestinal y el sistema inmunológico, ejes fundamentales de la salud global. Investigaciones recientes publicadas en Cell Metabolism (2024) demuestran que las dietas basadas en alimentos reales, ricas en fibra y fitoquímicos, reducen marcadores inflamatorios como la proteína C reactiva y mejoran la expresión de genes relacionados con la longevidad. Desde la perspectiva integrativa, comer bien es una práctica de autoconexión. No se trata de seguir una dieta rígida, sino de nutrir el cuerpo con presencia, equilibrio y placer. Las dietas antiinflamatorias, cetogénicas vegetales o mediterráneas evolutivas, adaptadas a cada biotipo y condición, pueden modular procesos metabólicos, hormonales y neurológicos con efectos clínicos significativos. En Nutrients (2023), un ensayo clínico mostró que una alimentación rica en polifenoles, grasas saludables y probióticos naturales mejora el estado de ánimo y reduce síntomas depresivos en adultos jóvenes. Además del componente físico, la nutrición integrativa aborda el comer emocional: ese impulso de usar la comida para calmar vacíos internos o ansiedad. Aprender a identificar el hambre real del hambre emocional permite restaurar la relación con el cuerpo y la saciedad natural. También considera la energía vital de los alimentos: frescos, vivos, llenos de color y diversidad. La medicina tradicional china y el Ayurveda ya señalaban que el cuerpo se nutre tanto de nutrientes como de energía sutil. El acto de comer en calma, masticar bien y agradecer antes de cada comida no son gestos simbólicos: investigaciones en Frontiers in Psychology (2024) muestran que la gratitud y la atención plena durante las comidas reducen la secreción de cortisol y mejoran la digestión. Alimentarse conscientemente es una práctica espiritual en movimiento. La nutrición integrativa nos enseña que la salud no empieza en el plato, sino en la forma en que nos relacionamos con la comida. Escuchar al cuerpo, honrar sus señales y nutrirlo con respeto es una forma profunda de amor propio. Claves prácticas 1. Prioriza alimentos naturales, locales y de temporada. 2. Mastica despacio y evita pantallas al comer. 3. Incluye fuentes de omega-3, probióticos y antioxidantes naturales. 4. Evita el exceso de azúcares, harinas y procesados. 5. Agradece antes de cada comida: mejora la digestión y el bienestar. Comer con conciencia es recordar que cada bocado puede ser una oportunidad de sanación. La verdadera nutrición empieza cuando el alimento alimenta no solo al cuerpo, sino también al alma.

