La mejor de las proteínas: las Vegetales.

Dr. Acevedo • 23 de octubre de 2021
Uno de las conversaciones más típicas entre grupos de personas, veganas y no veganas, es lo controversial sobre las fuentes de proteínas vegetales. Muchos por desconocimiento creen que las personas veganas nunca podrían construir músculo por ejemplo como deportista o en programas de hipertrofia muscular. Recuerdo que ya hace algunos años uno de mis entrenadores del gimnasio, al ver que me cuesta trabajo subir de peso (que se debe a otras razones de índole metabólico) con un tono un poco de sabidillo me dijo que el programa de entreno no me funcionaba para conseguir mis objetivos debido a que yo no consumo proteínas de origen animal; pues fue tal mi estupefacción que me quede sin palabras… En fin, entre otras clases de preguntas que me suelen hacer es de donde saco las proteínas si no como ningún animal. Vaya por dios! Pues bien con paciencia y sabiendo que no todo el mundo está puesto en la materia pues es importante quizás dar alguna pequeña explicación al respecto y sobre todo siendo eso sí compasivos… y más paciencia.
Tenemos infinidad de fuentes vegetales de origen vegetal, quizás más que los típicos animales mal usados (y maltratados) para el consumo humano.
Aquí os dejo una pequeña lista:
1. SEMILLAS Y FRUTOS SECOS
Las pipas de calabaza, girasol, sésamo, las nueces, anacardos, almendra, entre otros, todos estos alimentos son muy ricas en proteínas y ciertos minerales. Ósea hay para todos los gustos.
Por ejemplo más o menos 40 gramos de semillas / frutos secos nos aportan entre 8-9 gr. de proteína.
2. LEGUMBRES (las ricas lentejas)
Las legumbres son una magnífica fuente de proteína, carbohidratos complejos y fibra. Las lentejas son fuente de almidones y en aminoácidos vegetales. El resto de legumbres (soja, garbanzos, guisantes, alubias, azuki) tienen unas características semejantes.
Una taza normal de lentejas cocinadas tiene unos 18 g de proteína.
3. LA QUINOA  es uno de mis pseudocereales favoritos (técnicamente es una semilla) y además es libre de gluten. Nos aporta carbohidratos complejos a la vez que proteína y fibra.
Unos 90 gramos de quinua hervida nos aportan 8 g de proteína.
4. La saludable ESPIRULINA
Esta microalga de color verde-azul es una de las pocas fuentes veganas que en su mayoría (y en seco) es proteína (60-70%). Dos cucharadas de espirulina tienen 8 gramos de proteína.
5. SEMILLAS DE CÁÑAMO
No solo nos aportan TODOS los aminoácidos esenciales para tener una proteína completa, sino que además son muy ricas en ácidos grasos omega 3. 
Tres cucharadas de semillas de cáñamo contienen 10 g de proteína.
6. SEMILLAS DE CHÍA
Han sido usadas durante muchos siglos por las tribus indígenas de América del sur. Tienen la capacidad de absorber agua y aumentar hasta 9 veces su tamaño. Esta propiedad la hace muy útil para espesar platos a la vez que aportamos una gran cantidad de fibra, PROTEÍNA COMPLETA y grasas saludables. Dos cucharadas nos aportan 4 gramos de proteína.
7. LEVADURA NUTRICIONAL
Es un alimento muy frecuente en la alimentación vegana por su sabor más o menos parecido al queso. Tiene cantidades de vitaminas del grupo B y proteína. No contiene levaduras activas. Las podemos conseguir en polvo o copos y cuando se mezcla con líquidos se crea una pasta que nos puede servir para preparar salsas cremosas libre de lácteos. Tres cucharadas de levadura nutricional nos aportan 12 gramos de proteína.
8. TEMPEH ORGÁNICO
Un alimento fermentado ideal, procedente de la soja que nos aporta proteína completa de alta calidad, además también nos aporta fibra y ácidos grasos poliinsaturados. De entre todos los derivados de la soja este es el más saludable ya que nos aporta PROBIÓTICOS derivados de la propia fermentación de las habas de soja. Y nos ayuda a regular nuestra microbiota. Cien gramos de tempeh nos aportan 19 g de proteína.
9. VEGETALES DE HOJA VERDE Y SETA
Estos nos aportan más nutrientes que cualquier otro alimento en nuestra alimentación vegana. Contienen aminoácidos de alta calidad y fáciles de asimilar (los suficientes como para construir la musculatura de unos de los animales más fuertes del planeta: de nuestro primo el gorila, herbívoro (podríamos decir Vegano 100%). Cien gramos de vegetales de hoja verde nos aportan 2-5 gramos de proteína.
10. TRIGO SARRACENO
Otro de mis cereales (pero no es un cereal) favoritos, es súper completo. Su proteína es completa y de alto valor biológico: no contiene gluten, es muy rico en fibra, tiene propiedades antiinflamatorias y antibacterianas, es muy rico en vitaminas y minerales. ¿Qué más se le puede pedir? Cien gramos de trigo sarraceno nos aportan 13 gramos de proteína completa.

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Pasamos gran parte de nuestra vida en espacios cerrados, frente a pantallas y alejados de los ritmos naturales. Sin embargo, el organismo humano evolucionó en contacto permanente con la naturaleza. La ciencia moderna está confirmando algo que intuitivamente ya sabíamos: el contacto con entornos naturales tiene efectos reales sobre la salud física y mental. Diversos estudios en medicina ambiental muestran que pasar tiempo en espacios verdes reduce los niveles de cortisol, mejora la presión arterial y disminuye marcadores inflamatorios. Investigaciones realizadas en Japón sobre el shinrin-yoku o “baño de bosque” han demostrado mejoras en la actividad del sistema nervioso parasimpático y en la función inmunitaria tras caminar en entornos naturales. Además, la exposición a luz solar natural ayuda a regular ritmos circadianos, mejorar la síntesis de vitamina D y estabilizar neurotransmisores relacionados con el estado de ánimo. Desde una perspectiva integrativa, la naturaleza no se entiende solo como un lugar agradable, sino como un regulador biológico. Claves prácticas Caminar regularmente en espacios naturales. Exponerse a luz natural por la mañana. Reducir tiempo de pantalla cuando sea posible. Practicar momentos de atención plena en la naturaleza. El cuerpo humano todavía reconoce los ritmos naturales aunque hayamos aprendido a ignorarlos. Reflexión A veces el sistema nervioso no necesita más estimulación. Necesita árboles, silencio y aire libre.
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El Día Mundial de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja celebra una de las mayores redes humanitarias del mundo. Millones de voluntarios dedican tiempo y esfuerzo a ayudar a personas en situaciones de vulnerabilidad. Más allá de su impacto social, la ciencia está descubriendo algo sorprendente: la solidaridad también tiene efectos positivos en la salud de quien ayuda. Durante mucho tiempo se pensó que el altruismo era únicamente un comportamiento moral o cultural. Sin embargo, estudios recientes en neurociencia y psicología han demostrado que los actos de ayuda activan regiones cerebrales asociadas con el bienestar y la recompensa. Investigaciones publicadas en Nature Human Behaviour muestran que cuando una persona realiza actos altruistas se activan circuitos cerebrales relacionados con la dopamina y la oxitocina. Estas sustancias no solo generan sensación de bienestar, sino que también influyen en el sistema inmunitario y en la regulación del estrés. En paralelo, estudios epidemiológicos han encontrado que las personas que participan regularmente en actividades de voluntariado presentan menores niveles de depresión, mejor salud cardiovascular y mayor longevidad. Desde la medicina integrativa, estos hallazgos refuerzan una idea fundamental: la salud humana no es solo biológica, también es relacional. La conexión social, el apoyo mutuo y el sentido de pertenencia son factores protectores poderosos para el bienestar físico y emocional. En un mundo donde el aislamiento social se ha convertido en un problema creciente, recuperar espacios de cooperación y solidaridad puede convertirse en una auténtica medicina comunitaria. Claves prácticas Participar en actividades de voluntariado o apoyo comunitario. Cultivar relaciones sociales significativas. Practicar pequeños actos de generosidad cotidiana. Reconocer el valor emocional de ayudar a otros. La solidaridad no solo transforma comunidades; también transforma a quienes participan en ella. Reflexión final En ocasiones buscamos la salud en dietas, suplementos o tratamientos complejos. Pero a veces una parte esencial del bienestar humano aparece cuando recordamos que estamos profundamente conectados con los demás. Dr. Acevedo.
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Cada Día Internacional de los Trabajadores nos recuerda la importancia del trabajo en nuestras vidas. Sin embargo, en las últimas décadas ha surgido una paradoja: mientras la tecnología prometía hacernos la vida más fácil, muchas personas sienten hoy más agotamiento, estrés y desconexión con su propio cuerpo que nunca. La medicina moderna está empezando a reconocer un fenómeno creciente: el desgaste fisiológico asociado al estrés laboral crónico. El trabajo no solo implica actividad física o mental; también activa sistemas biológicos profundos. Cuando una persona vive bajo presión constante —plazos, hiperconectividad digital, falta de descanso— el organismo mantiene activado el sistema nervioso simpático, el mismo que se activa ante una amenaza. Este estado prolongado aumenta la liberación de cortisol y adrenalina. A corto plazo permite rendir más, pero a largo plazo puede alterar el sistema inmunitario, favorecer la inflamación y aumentar el riesgo de trastornos cardiovasculares. Investigaciones publicadas en The Lancet y Occupational & Environmental Medicine han demostrado que jornadas laborales prolongadas se asocian con mayor riesgo de enfermedad cardíaca y trastornos metabólicos. Desde una perspectiva de medicina integrativa, el problema no es el trabajo en sí, sino la pérdida de equilibrio entre actividad y recuperación. El organismo humano está diseñado para alternar esfuerzo con descanso, concentración con relajación. Además, el sentido que atribuimos al trabajo también influye en la salud. Diversos estudios en psicología de la salud muestran que las personas que perciben su trabajo como significativo presentan niveles más bajos de estrés fisiológico y mayor bienestar general. Claves prácticas Introducir pausas breves cada 90 minutos de trabajo. Mantener movimiento físico regular durante el día. Establecer límites claros en el uso de tecnología fuera del horario laboral. Priorizar el descanso nocturno y la recuperación mental. Trabajar es una parte fundamental de la vida, pero la salud no debería ser el precio a pagar por ello. Cuando aprendemos a respetar los ritmos del cuerpo, el rendimiento y el bienestar pueden coexistir. Reflexión final El verdadero progreso no consiste en trabajar más horas, sino en vivir de una forma que permita al cuerpo seguir funcionando con equilibrio y vitalidad. Dr. Acevedo.
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El estrés forma parte natural de la vida. Sin embargo, el problema no es el estrés puntual, sino la activación crónica del sistema de alerta que caracteriza a la vida moderna. Cuando el cerebro percibe una amenaza, el organismo activa el sistema nervioso simpático y libera hormonas como adrenalina y cortisol. Este mecanismo es útil para responder a situaciones de peligro, pero cuando se mantiene durante semanas o meses puede afectar profundamente a la salud. Estudios publicados en The Lancet Psychiatry y Psychoneuroendocrinology han demostrado que el estrés crónico altera el sistema inmunitario, aumenta la inflamación sistémica y favorece trastornos metabólicos. Además, el exceso de cortisol puede afectar a la memoria, el estado de ánimo y la calidad del sueño. Desde la medicina integrativa, la regulación del sistema nervioso se considera un pilar fundamental de la salud. Claves prácticas Practicar respiración consciente o meditación. Realizar actividad física regular. Establecer límites en el uso de tecnología. Priorizar momentos de descanso real. El cuerpo humano está diseñado para alternar momentos de actividad y recuperación. Cuando ese equilibrio desaparece, el organismo empieza a enviar señales. Reflexión final Quizá la verdadera revolución en salud no sea hacer más cosas, sino aprender a detenernos a tiempo. Dr. Acevedo.
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El Día Mundial del Parkinson, celebrado cada 11 de abril, busca aumentar la conciencia sobre una enfermedad que afecta a millones de personas en todo el mundo. Tradicionalmente se ha considerado un trastorno exclusivamente neurológico, pero investigaciones recientes están ampliando la comprensión de sus mecanismos. El Parkinson se caracteriza por la degeneración de neuronas dopaminérgicas en el cerebro, lo que provoca síntomas motores como temblores, rigidez o lentitud de movimientos. Sin embargo, estudios recientes sugieren que el proceso puede comenzar años antes con alteraciones digestivas y cambios en la microbiota intestinal. Investigaciones publicadas en Gut y Neurology indican que la interacción entre intestino y cerebro podría desempeñar un papel relevante en el desarrollo de enfermedades neurodegenerativas. Esto ha abierto nuevas líneas de investigación en medicina integrativa, donde se exploran factores como la nutrición antiinflamatoria, el ejercicio físico y la regulación del estrés como elementos complementarios en el manejo de la enfermedad. Aunque estos enfoques no sustituyen los tratamientos neurológicos convencionales, pueden contribuir a mejorar la calidad de vida y el bienestar global de los pacientes. Claves prácticas Fomentar actividad física adaptada. Priorizar alimentación antiinflamatoria. Cuidar el sueño y la gestión del estrés. Mantener apoyo social y emocional. Comprender el Parkinson desde una perspectiva más amplia permite abrir nuevas vías de acompañamiento terapéutico. Reflexión final Cuando ampliamos la mirada sobre la enfermedad, también ampliamos las posibilidades de cuidado y de esperanza. Dr. Acevedo.
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El envejecimiento cerebral es un proceso natural, pero no necesariamente significa pérdida de capacidad cognitiva. La ciencia moderna está demostrando que muchos factores relacionados con el estilo de vida pueden influir en la velocidad a la que el cerebro envejece. Uno de los descubrimientos más importantes en neurología preventiva es el papel de la neuroinflamación. Investigaciones publicadas en Nature Neuroscience muestran que procesos inflamatorios sostenidos en el cerebro se asocian con deterioro cognitivo y enfermedades neurodegenerativas. Factores como el sedentarismo, la mala alimentación o el estrés prolongado pueden acelerar este proceso. En cambio, hábitos como la actividad física regular, el aprendizaje continuo y una nutrición adecuada parecen tener un efecto protector sobre las neuronas. La dieta mediterránea y los patrones alimentarios ricos en antioxidantes y ácidos grasos omega-3 han demostrado reducir el riesgo de deterioro cognitivo en diversos estudios longitudinales. Desde una perspectiva integrativa, proteger el cerebro implica cuidar todo el organismo: metabolismo, microbiota intestinal, calidad del sueño y bienestar emocional. Claves prácticas Mantener actividad física regular. Estimular el cerebro con aprendizaje continuo. Dormir bien para favorecer la regeneración neuronal. Cuidar la microbiota intestinal. El cerebro no es un órgano aislado. Está profundamente conectado con el resto del cuerpo y con la forma en que vivimos. Reflexión final Cada decisión diaria —desde lo que comemos hasta cómo gestionamos el estrés— puede convertirse en una inversión en la salud futura de nuestro cerebro. Dr. Acevedo.